












Periodista: Marcela Rojas Hidalgo
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En 1982, Luis Alberto Monge asumió la presidencia de la República con su programa de gobierno “Volvamos a la tierra”, en una época en la que el sector agrícola era una prioridad nacional.
Cuarenta años después, el campo costarricense muestra signos de envejecimiento: en los últimos meses de 2025 había 34.710 jóvenes menos trabajando en la agricultura que a finales de 2010.
La cifra se calculó al comparar la fuerza laboral juvenil (15 a 34 años) del cuarto trimestre de 2010 con la del cuarto trimestre de 2025, según las estadísticas del sector agropecuario costarricense, elaboradas por InfoAgro y el Ministerio de Agricultura y Ganadería (MAG).
Para algunos agricultores de hoy (incluso para aquellos que ni siquiera nacieron para ver la administración de Monge), esa agenda política de los años 80 fue el último esfuerzo real del país para motivar a la gente a involucrarse y desarrollar sus carreras en la agricultura.
Asimismo, el último Censo Nacional Agropecuario, realizado por el Instituto Nacional de Estadística y Censos (INEC) en 2014, indicó que la edad promedio de las personas que trabajan en la agricultura en Costa Rica es de 53,9 años (54,1 para los hombres y 52,6 para las mujeres).
Para la elaboración de este texto se preguntó a cada una de las fuentes si actualmente perciben una disminución en el número de productores jóvenes en la agricultura y todos, excepto una persona, respondieron “sí”.
Si hace 40 años se hablaba de “volver” a la tierra, ¿será hora de hablar de resurrección? Porque los nietos y los hijos del agro están aquí, pero parece que no todos llevan palas.
Esta disminución de la fuerza laboral no tiene un único culpable y la experiencia de los agricultores cambia de un cultivo a otro, pero es posible rastrear los principales factores que influyen en ella.
El lápiz y la pala
A sus 22 años, Juan Pablo Herrera es un caso como pocos. Es productor y administrador de aproximadamente 35 hectáreas de café en Poás y casi 150 hectáreas de ganado en dos fincas en Sarapiquí y San Carlos.
Juan Pablo debe su posición en gran medida a sus abuelos. A diferencia de sus hermanas y primos, desde pequeño recibió estímulos que lo atrajeron a la finca: su madre, a quien no le gustaba verlo quedarse todo el día en casa sin hacer nada, y sus abuelos, a quienes no parecía molestarles el pequeño que los seguía mientras trabajaban en el campo.
Por eso, hace unos dos años, cuando uno de sus abuelos se retiró y tuvo que dejar su finca cafetalera, Juan Pablo fue el único interesado en tomar el relevo.
A pesar de haber tenido oportunidades que muchos no tuvieron, y del aliento de sus predecesores para seguir con el café, Juan Pablo dice haber escuchado, más de una vez y de más de una persona, las siguientes palabras: “Pesa más una pala que un lápiz, entonces usted tiene que estudiar”.
Juan Pablo dice que, en este momento, se encuentra donde es feliz: bajo el sol, midiendo cajuelas y calzando botas de hule. Esto no significa que no tuviera unos padres abogados, con una silla de oficina esperándolo, que lo animaron a mirar fuera del cafetal y estudiar derecho.
A pocos kilómetros al norte de la finca cafetalera de Juan Pablo, Jocsan Esquivel, de 29 años, cultiva hortalizas y, desde hace poco, fresas junto con su familia.
Jocsan cree que los jóvenes en la agricultura se desaniman incluso antes de que otros abran la boca. Si bien es cierto que muchas veces se escucha a los padres decir y promover la idea de que el dinero está en “ser estudiado”, y que hay que formarse para no tener que trabajar bajo el sol ni tocar una pala, al final el desestímulo viene también de ver las consecuencias de la falta de regulación de la agricultura.
Porque no es que la agricultura por naturaleza no “dé”; es que, más allá de factores como las plagas y enfermedades que acechan, el sector productivo se enfrenta a un sistema que beneficia a los intermediarios.
“Es por esta falta de regulación que los intermediarios se aprovechan y se hacen cada vez más ricos a costa de un productor. Este pierde su tierra en un préstamo y su intermediario tiene su carro del año, tiene su empacadora. Si fuese al revés, todos quisieran ser agricultores. Pero la realidad es que el productor es quien tiene que rogar para que alguien compre su producto. Estamos abandonados a la suerte”.
Las fresas son una fruta con la que Jocsan empezó a experimentar hace unos meses por este motivo: para encontrar una fuente de ingresos adicional o alternativa al vaivén de la producción de hortalizas. “Experimentar”, porque estas suelen cultivarse a mayor altitud que donde se encuentra la finca de su familia.
A muchos kilómetros de Jocsan y Juan Pablo, en Guanacaste, vive un agricultor arrocero llamado Henry Álvarez, de 49 años y padre de tres hijos.
De acuerdo con Álvarez, el panorama agrícola es complicado, por lo que ni él ni su esposa animaron verbalmente a sus hijos a quedarse en el campo. Sin embargo, tampoco los desanimaron. “A veces no necesariamente uno tiene que transmitir lo que a la vista está. Ellos observaron y escucharon todas las situaciones, y no creo que nadie quiera hacer nada donde ve tanto sufrimiento e inestabilidad”.
A pesar de los desafíos generales que enfrenta el sector, el hijo mayor, de 24 años, siente pasión por la agricultura y ha decidido seguir los pasos de su padre. Este joven también estudió Energías Renovables en la universidad durante dos años, pero la pandemia interrumpió su formación. Al preguntarle sobre las decisiones de su hijo, Álvarez respondió que le gusta que esté en el campo y que le gustaría que continuara, pero que lo que más desea es que termine la universidad, “que él logre tener, por decirlo así, una segunda opción”.
Este caso, según el arrocero, es inusual, porque en este momento los hijos de los productores ven la permanencia en la finca como el verdadero plan B.
Papel del Estado en la transición generacional
Gerardo Corea, guanacasteco y colega de Álvarez en la producción de arroz, tiene 69 años y piensa que su generación (mayor de 40 años) puede ser la última en dedicarse a la agricultura.
“Somos poquitos productores, y dentro de esos poquitos que somos puede ser que un 0.5% sean jóvenes, que es nada”, estima. “No se está produciendo un relevo generacional como el que se vivió en el pasado con nosotros”.
Corea señala a los gobiernos recientes como los responsables de descuidar y marginar al sector, un factor crucial en la disminución del número de productores jóvenes.
El arrocero cita que hace unos años existía cierta protección para los productores. “Hasta se levantó; el sector arrocero se levantó y estuvo a punto de exportar casi. Pero de ahí se vino en picada, porque empezaron de nuevo las importaciones abiertamente”.
Según Corea, la administración actual ha sido responsable de reducir significativamente las oportunidades para los agricultores costarricenses y aumentarlas para los importadores, especialmente en su campo con la Ruta del Arroz. “Cuando este gobierno llegó, estábamos en 35.000 hectáreas y, en estos tres años, nos ha bajado a 13.000”.
El guanacasteco aún ve la posibilidad de que un nuevo gobierno pueda reactivar el sector como lo hizo Luis Alberto Monge con su programa “Volvamos a la tierra”, que, según el arrocero, fue “el último impulso de lleno” que vivió la agricultura en Costa Rica.
En el área de cebolla y papa de Cartago, se encuentra el productor Franklin Aguilar, quien comparte un profundo descontento con el sistema actual en el que se desenvuelve Costa Rica.
Aguilar coincide con Corea en que actualmente faltan jóvenes en la agricultura. Cada vez que le preguntan: “¿Cómo hacemos para hacer que los jóvenes regresen a los campos y les interese?”, responde: “Si el negocio es rentable, el joven va a llegar. Si no lo es, aquí no se arrima”.
Para el productor, actualmente, a pesar de los esfuerzos de su generación, todo indica que la agricultura es cada vez menos rentable. La priorización de las importaciones afecta no solo al arroz, sino también a la cebolla y la papa, ya que son los cultivos que se comercializan en mayor volumen, los que más consume la población y los que ofrecen mayores oportunidades de negocio. “El problema es que, al desplazarnos a los productores, tres, cuatro o cinco personas se quedan con las importaciones, y luego cobran lo que les da la gana por la comida. Y no lo analizo solo como agricultor, sino como costarricense, porque también soy consumidor”, concluye.
Desestimulación y sucesión generacional
De acuerdo con Luis Barboza Arias, sociólogo y profesor de la Universidad de Costa Rica (UCR), especializado en desarrollo rural, el fenómeno que se observa en jóvenes como Juan Pablo, Jocsan y la familia Álvarez (un desánimo verbal y no verbal para continuar en la agricultura) puede describirse como “desestimulación”.
Esta situación, lejos de ser un asunto individual, puede existir a nivel nacional. Según Barboza, también hay, dentro del gobierno, “una falta de apoyo, falta de acompañamiento y un discurso que, en cierta medida, desestimula en lugar de motivar a los jóvenes a continuar en el sector”.
Barboza también subraya que esta sociedad es muy adultocéntrica, lo que significa que los jóvenes productores que trabajan con sus padres o abuelos no siempre tienen una relación horizontal.
Cuando un joven posee conocimientos específicos (generalmente debido a formación técnica o universitaria) que sus mayores carecen, no siempre se le escucha ni se le toma en serio. Claramente, y de acuerdo con el sociólogo, este tipo de situaciones pueden agravarse cuando la joven productora sucesora es una mujer.
La sucesión generacional en la agricultura no es un fenómeno súbito. Víctor Rodríguez Lizano, director del Centro de Investigaciones en Economía Agrícola y Desarrollo Agroempresarial (CIEDA) de la UCR, explica que es un proceso que comienza en la infancia y finaliza cuando se toman las decisiones más trascendentales sobre la finca: quién la administrará. No es sinónimo de herencia, ya que el título de propiedad puede no estar en manos del sucesor.
A pesar de la escasez de datos concretos disponibles (dado que el último censo agropecuario del país se realizó en 2014), estudios como uno realizado en 2019 en Zarcero de Alajuela, en el que participó Rodríguez y donde se entrevistó a jóvenes horticultores, brindan apoyo. Según el investigador, “un poquito más” de una de cada dos fincas estudiadas en ese momento tenía sucesor, lo que es insuficiente.
A esto se suma el hecho, ya mencionado, de que la edad promedio de los agricultores en Costa Rica en 2014 rondaba los 54 años. “Esa edad promedio, fácilmente, era mucho mayor cuando se efectuó ese estudio en Zarcero”, razona Rodríguez, “lo que significa que las personas encargadas de una finca en 2020 probablemente tenían unos 15 años más de productividad y, más o menos, en unos 15 años bien podría haber una disminución en el número de unidades productivas y productores”.
No todos pasan por lo mismo
La única persona consultada para este artículo que piensa que la cantidad de jóvenes en el sector agrícola podría no haber disminuido es Andrés Piedra, gerente de promoción y divulgación del ICAFE. Si bien algunos caficultores han notado una disminución en la participación juvenil, Piedra aclara que la industria del café está experimentando actualmente un fenómeno singular: la popularidad del barismo y la cata de café. El gerente ha sido testigo de cómo muchos jóvenes (ya con vínculos familiares con el sector) se involucran en estas actividades y, con el tiempo, desarrollan un interés en la fase de producción.
“Cuando llegan a una mesa de catación y comienzan a probar los cafés de sus fincas, se dan cuenta de que muchos de los errores que encuentran deben corregirse en la producción, en la finca, con más atención, más fertilizante y un mejor manejo de enfermedades y plagas. Ya hemos identificado que los jóvenes ingresan a la industria del café de atrás para adelante, no desde la producción propiamente. Entran al barismo, empiezan con la catación y terminan trabajando en la finca porque es ahí donde corrigen gran parte del café que se produce”, afirma Piedra.
Este puede ser un ejemplo de una burbuja sectorial, pero también existe la posibilidad de que estas tendencias populares entre los jóvenes sean la clave para atraerlos de nuevo a la producción agrícola, de vuelta a la tierra.
Volver a sembrar frijoles en la escuela
En palabras de Gerardo Corea: “Mi mundo feliz sería volver atrás, enseñar agricultura a los niños, enseñar agricultura a los jóvenes, volver a sembrar y volver a formar esa cama de producción agrícola para que vean que esto es realmente lo que produce. ¿Cuál es el fundamento principal? La economía, la economía que produce la agricultura”.
Elías Chaves, un vecino no tan cercano de Jocsan y Juan Pablo (vive en Santa Gertrudis Sur de Grecia), es un caficultor de 28 años que comparte este sentimiento con Corea.
Elías considera que existe la percepción de la agricultura como algo que hay que superar. “El problema principal es que se nos ha olvidado como sociedad que el país surgió a partir de la agricultura. El motor principal, lo que levantó a Costa Rica en el mundo fue la agricultura. Ahora, todo el bloque educativo, desde la escuela, se ha fundamentado en: ‘Mejore, prospere y salga de la tierra. Vaya y consiga su carrera, sea profesional y no se quede siendo el agricultor’. Cuando la base debería ser: ‘Levante su mundo en la agricultura y todo lo demás será ganancia’”.
Desde las aulas, hay una narrativa de progreso y una visión desarrollista que favorece la liberalización comercial de la actualidad.
“Ahora que tenemos una falta de jóvenes, nos preguntamos: ‘¿Qué carajos vamos a comer cuando no haya suficiente gente que nos dé la comida que necesitamos en la oficina para trabajar?’”, concluye el caficultor.
Una generación que escucha a la tierra
A pesar del panorama agridulce, los jóvenes que ahora trabajan la tierra lo hacen con convicciones diferentes a las que tenían sus abuelos en el pasado: convicciones que velan por el bienestar de sus cultivos, por la agricultura regenerativa y orgánica y por la producción respetuosa con el medio ambiente.
Juan Pablo es un ejemplo de agricultor que aprendió a romper con las creencias de sus abuelos sobre la aplicación de agroquímicos y fungicidas gracias a su formación universitaria. Sin embargo, él mismo reconoce que, gracias a la tecnología e internet, hoy en día es aún más fácil acceder a información sobre estas prácticas (menciona las escuelas orgánicas japonesa y colombiana, con figuras como el agrónomo Jairo Restrepo).
Sus abuelos trabajaban cíclicamente, año tras año, aplicando fertilizante químico tres veces, fungicida cuatro veces y rociando herbicidas “prácticamente todo el año”. Juan Pablo, por su parte, se ha acostumbrado a entender lo que necesita la finca; dice que el café le “habla”. “Voy, me siento a verlo y digo: ‘Mira, este café necesita esto y aquello’. O no, ‘todavía no se puede aplicar cierto agroquímico; tenemos que esperar porque la planta no lo necesita’”. Él lo llama agricultura regenerativa.
Yoxelin Alvarado, cercana a Juan Pablo, ya que también reside en Poás, es una productora de café y bioinsumos de 32 años. Ingeniera forestal de profesión, su finca se encuentra actualmente en transición orgánica, combinando la agricultura con la parte forestal, utilizando el café en sistemas agroforestales con árboles.
La agricultura amigable con el medio ambiente es la fortaleza de Yoxelin y su principal proyecto, llamado “Chibuzú”, está dedicado a la producción y venta de bioinsumos (insecticidas, fungicidas y compost orgánicos) especialmente para la siembra de este tipo.
Yoxelin hace lo que hace por convicción. “No podría trabajar en esto si no fuera como lo hago”, dice. “Para mí, no tiene sentido trabajar en una agricultura que lo que hace es dañar los ecosistemas y el suelo”.
En las fincas de Poás, Grecia, Guanacaste y Cartago aún hay jóvenes que escuchan a la tierra, pero son menos que antes. Entre la pala y el lápiz, entre la vocación y la incertidumbre, se juega algo más que una decisión familiar: se juega el futuro del campo que alimenta a Costa Rica.
*Marcela Rojas es estudiante de periodismo de la Universidad de Costa Rica (UCR) y participa en la Asociación de Periodismo Colaborativo Punto y Aparte. Este trabajo corresponde a la clase 18. Fotografías y videos: Foto: Eyleen Vargas Dávila.










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